Fracasar no es de fracasados

Fracasar no es de fracasados. Implica que, en algún momento, nos pertrechamos de la actitud necesaria para esclarecer la incertidumbre, afrontar el miedo o doblegar la inseguridad. No es el resultado de nuestros actos lo que nos define, sino la motivación que subyace a ellos.

Fracasar no es ser un fracasado y eso nos tiene que quedar muy claro. Fracasar, se puede fracasar, pero lo que no se puede es tener la mentalidad de un fracasado, y es que no es lo mismo fracasar profesionalmente, que ser un profesionalmente fracasado.

No importa cuantas veces fracasemos, al contrario incluso puede que en muchos casos sea bueno que fracasemos, ahora bien, lo que si que importa es la actitud que tomemos ante nuestros fracasos. Y especialmente muy importante es que nunca, nunca, por nada del mundo, tomemos la actitud del fracasado.

Si nos caemos, nos levantamos. Si nos caemos lloramos lo que tengamos que llorar pero no nos lamemos las heridas. Si nos caemos habremos fracasado, pero no seremos inexorablemente unos fracasados. Si no queremos ser unos fracasados claro.

Nada de lamentarse, nada de buscar excusas ni de intentar pena a los demás. El fracaso es el primer paso del éxito. El fracaso es la espoleta, es la mecha, es la gasolina para reinventarnos y para volver a empezar, pero hemos de querer volver a empezar. Y esa es la diferencia, el que fracasa quiere, el fracasado, no.


El fracasado, más que el que acumula un fracaso tras otro

El fracasado no es aquel que colecciona un fracaso tras otro, tampoco el que acaba de fracasar. Fracasado es un adjetivo (etiqueta) que tiene connotaciones que van mucho más allá. Decir que alguien es un fracasado o pensar que somos unos fracasados impregna al ente, al ser. Pasa a formar parte de la naturaleza del ente, del ser. Por lo tanto hablaríamos de algo inmutable.

Que no va a cambiar y que por lo tanto supone una condena para el futuro. Elimina la motivación para el aprendizaje. Nos manda el siguiente mensaje: «Da igual lo que aprendas, nunca ganarás». El que se siente un fracasado juega a ser injustamente determinista con su futuro, igual que lo es quien coloca esta etiqueta a otro y trata injustamente de serlo.

Porque sí, quizás el pasado sea el mejor predictor del futuro, pero jamás la voz que dicta al escriba sus renglones. No hay determinismo, sino más bien posibilidad de superación arraigada en el cambio. Por eso, la misma superación que nos da miedo nos atrae. Por eso esa atracción se rompe en la persona que se siente un fracaso en sí misma. Como si el pensamiento fuera agua, ella porosa, y esta su hubiera colado hasta lo más profundo de su ser.

De ahí que este pensamiento haga de disparador y de sustento para muchas depresiones . Una depresión que aparece cuando se rompe la esperanza  (Abramson et al., 1997) ya de no de que el futuro sea distinto, sino más bien de que podamos hacer algo (capacidad de control) para diseñarlo. Por eso, hay problemas mentales, como las fobias, que derivan en una depresión: en ellas, la ansiedad es la que ahoga esta esperanza de control, remarcando que somos seres indudablemente vulnerables.

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